una literatura de arrabal / valleinclán & los commons líricos & las lenguas populares

por seminarioeuraca

“Es indudable que a una lectura rápida de Luces de bohemia nos brota un impreciso regusto de sainete, de zarzuela con tonillo de plebe madrileña y ademán desgarrado. Este regusto se enreda con otros, es verdad, pero el hálito que más corporeidad alcanza de los varios que se desprenden de Luces de bohemia es el que el idioma despide: voz de la calle madrileña, cultismo y argot reunidos, creaciones metafóricas momentáneas, acunadas por una brisa a veces coloquial, a veces leguleya.

Nos sobran testimonios probatorios de la debilidad literaria de Valle Inclán. Aprovecha multitud de veces elementos de obras ajenas (en ocasiones obras enteras) para reelaborarlos con aguda maestría (D’Annunzio, Merimée, Espronceda, cronistas de la conquista americana, el Dr. Atl, Ciro Bayo, etc.) ¿Por qué no habíamos de encontrar un pariente análogo en el trasfondo del esperpento? Una mirada al género chico, a los sainetes, a la poesía populacher de circunstancias, comenzaba, muy aprisa, a deparar algunas sorpresas. Ante todo, la decisión de usar literariamente voces hasta entonces desterradas del ámbito literario. […] Por ejemplo, Antonio Casero utiliza expresiones como un casual, chanelar, ir o estar de incóznito, ser un pipi; López Silva utiliza en su poesía guripa, menda, guillárselas, etc. Y aún nos tropezamos con algo muy familiar dentro de la arquitectura de la obra valleinclanesca: la cita de trozos literarios ilustres, […]

Ante estas pistas prometedoras, vale la pena acercarse a esa literatura finisecular, costumbrista, teatral, orillada de cantables, en la que el pueblo de Madrid se veía oscuramente halagado. Debemos reconocer que, durante muchos años, esa literatura ha estado arrinconada, olvidada dede la gran altura que supuso la producción noventayochista y la subsiguiente, con la natural alteración en la trayectoria del gusto colectivo, pero no debemos despreciar sistemáticamente esos años del cruce entre los siglos XIX y XX. Existieron, tuvieron sus alzas y bajas vitales, y tuvieron, forzosamente, que dejar huellas en los jóvenes de entonces (el caso de Valle Inclán), en los que estrenaban su vocación de escritor y que pasaron ese tiempo con el alma alerta, tensa de novedades y afán de vivir. Es muy difícil escapar, en la época de máxima plasticidad, a los pesos externos. Esa literatura, canturreada o recitada por todas partes, insensiblemente casi, con una frecuencia que hoy no podemos comprender (recordemos las numerosas funciones diarias y los copiosos teatros dedicados a ellas), acabaría por hacerse un hueco ineludible, por hacerse camino, por llegar a una meta más alta que la del público municipal y medio a que se dirigía. De añadidura, esas breves obrillas habían conseguido un espaldarazo, el de Rubén Darío, quien en el prólogo de Cantos de vida y esperanza, en 1905, en el período de su más alto prestigio como jefe de la poesía renovadora, decía: “En cuanto al verso libre moderno… ¿no es verdaderamente ejemplar que en esta tierra de Quevedos y Góngoras, los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid cómico y los libretistas del género chico?”. Tal afirmación, proveniente de Rubén Darío, personaje de Luces de bohemia, tenía que ser un mandato casi para Ramón del Valle Inclán. En esa zona de teatro arrabalero, localista y vulgar, de vuelo con las alas rotas, tenía que haber algo. Había, por lo pronto, vida, un calor efusivo y fácil. Aunque la advertencia de Rubén no incida justamente sobre nuestra preocupación de hoy, la traigo aquí solamente como prueba de que algo había escondido detrás de esa zona popular — populachera casi — del teatro cantable o de sainete breve y alborotado, desde los que campeaba, eso sí, vibrante, enérgica, una alocada necesidad de burla, quizá de aturdimiento”

Alonso Zamora Vicente, La realidad esperpéntica. Madrid: Gredos, 1974 (1969); 24-26.

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