Esteban Pujals Gesalí. El margen injustificado de la poesía. De poesía y lucro. Registro de la conversación del 28/11/012

por seminarioeuraca

ESCUCHA Y/O DESCARGA DEL AUDIO
EN VARIOS FORMATOS

+

La esquematización de la historia económica de Occidente como el proceso por el que las economías (abiertas) arcaicas se han ido transformando en las modernas economías (cerradas) del intercambio de lo equivalente mediante la generalización del uso del dinero no puede ser más problemática. Es cierto que los últimos ocho siglos han conocido una extensión prodigiosa de la norma de equivalencia tanto en términos geográficos (hablamos hoy de una economía “global” que aspira a comprender todos los intercambios que tienen lugar entre individuos en el planeta) como en lo que respecta a la presencia intensificada del dinero en más y más aspectos de la vida. Pero al mismo tiempo resulta cada vez más visible la vigencia contemporánea de otros modos de intercambio que escapan a la norma de la equivalencia y que en modo alguno admiten la calificación “a extinguir”. Por el contrario, el regalo, el banquete ritual, la dote, la fiesta, es decir, los modos económicos que se caracterizan por invertir la ley de equivalencia (el que pierde gana; el que gana pierde), se han adaptado plenamente al  sistema del intercambio monetario y esto constituye una garantía de su perdurabilidad y un escándalo permanente  que desenmascara el fundamento del orden monetario en una pretendida racionalidad superior.

El proceso paralelo que ha sufrido el uso del lenguaje sugiere, más que una transformación general de las economías de trueque en economías monetarias, una transformación conceptual en la que lo que ha sufrido modificación ha sido el conjunto de las nociones empleadas para describir tanto la actividad económica como el lenguaje y el pensamiento. Hay que decir que si bien es cierto que las lenguas europeas han sufrido desde el medievo modificaciones tan importantes que en muchos casos se hace necesario hablar del “nacimiento” de unas y de la “defunción” de otras, en modo alguno cabe hablar de un “modo de comportamiento” de las lenguas modernas que las distinga llamativamente de las clásicas o antiguas o “primitivas”, actuales o extintas. Es cierto que a fuerza de comportarse los hablantes como si el significado tuviera una existencia inmaterial se han institucionalizado unos ámbitos lingüísticos gobernados por la ley de la equivalencia: ciencia, filosofía etc. Pero se trata de ámbitos cerrados, encerrados en una economía sígnica general que los trasciende. Las reglas del juego imperante en dichos ámbitos consisten en una representación: no la representación de los significados por parte de las palabras, sino la representación dramática de un papel por parte de los hablantes. En ella los hablantes se comportan como si las palabras de su lengua constituyeran una serie limitada y estable y “tuvieran” una sola manera de significar, un sólo significado posible y un conjunto cerrado de maneras de articularse. Acabada la función, la conferencia, el libro, salen del teatro los hablantes al aire libre de todos los demás juegos lingüísticos en los que se desarrollan la mayor parte de sus intercambios. En estos otros juegos la hipérbole y la ironía, la metáfora y la metonimia, el juego fonético y la deformación significativa, y por encima de todo la indeterminación permanente del significado, sujeto siempre a la incertidumbre y al azar, y a la necesidad consiguiente en cada hablante de correr riesgos cada vez que habla e interpreta, siguen estando tan plenamente presentes en la lengua como si la prosa nunca hubiera inventado la mentira de la verdad.

Esteban Pujals Gesalí

Anuncios