08 / 05 / 2013 // Punctum versus Mercado Común : Elaboración de la lengua del enemigo

por seminarioeuraca

Miércoles 8 de mayo de 013 – 19h
Instituto 404. Gabinete de estudios de Intermediae
Matadoiro de Madriz. <m>etro legazpi

“El lenguaje de Punctum es una estampida arrolladora. Tiene la prepotencia de la disidencia. Cada lector o lectora, en una primera o segunda lectura, podrá elegir esos términos que por alguna razón íntima se tornan luminosos. De pronto “trasca”, […]  le permite a Gambarotta reponer una necesidad que no ha abandonado. “Esa palabra funciona como una manera de gatillar algo de la narración. La expresión misma, que creo que viene de trascartón, está reflejando un modo del habla que podía ser de alguien del conurbano. Yo tenía un amigo que usaba la expresión. Pero que sea de un amigo es independiente del hecho de tratar de levantar expresiones y hacerlas funcionar en un texto –explica el poeta–. Esto tiene una larga tradición en Zelarayán, que en el prólogo a La obsesión del espacio dice que en una pizzería se escuchan cosas. Muchas veces eso puede ser el gatillador y es parte de lo que se supone que querés meter en un texto: el oído.”

–Esta intención de meter el oído, ¿tenía que ver con el contexto? ¿Sentía que en la poesía de entonces no había oído?

–No sé… aunque puede ser. Para mis textos el oído importa. El idioma que se habla es una zona peligrosa que se puede confundir con lo coloquial, que es otra cosa que no me interesa. Una cosa es lo coloquial y otra la frase de Zelarayán, que a partir de una frase escuchada en una pizzería podía disparar un texto. No sé si había o no oído en la poesía de los ’90. De hecho, La obsesión del espacio es muy anterior, aunque no lo había leído en ese momento. Cuando lo leí, fue una alegría porque encontraba que decía lo mismo que yo pensaba, pero de mejor manera. Sí recuerdo que tenía la necesidad de plantear que un texto tiene que tener oído. En ese sentido, aunque lo escribí yo, andá a saber de dónde vienen muchas de las frases de Punctum. Tenía una atención intensa puesta en lo que se decía en las charlas nocturnas con amigos y conocidos. Y en ese estado medio caótico fueron saliendo los poemas.”

Uno debe tener oído, dice.

11

Trash es la hojarasca, broza, paja, escombros
basura, bajazo, deshecho
de este mundo o
un cualquiera, trashery y trashiness quieren decir lo mismo,
trashy es un despreciable, un inútil
y cómo no va a estar podrido
si el año que apenas empezaba se termina,
por la avenida del bajo pasan
las camionetas repartidoras de diarios
y los compañeros son todos unos cínicos.
Confuncio trasca que no tiene ni
angustia ni ansiedad
y si no fuera por los ojos que miran
el frío que se concentra en los dientes
del cierre relámpago de su campera pero
que no parece
pegarle, para nada, en la cara y mucho menos
alterar en algo, adentro, el ritmo
de la circulación, se puede decir
que está pero no está, para nada,
en la escena, o que le da igual estar o no estar
en el cuerpo que sale, sin inmutarse en lo más mínimo
por el viento cruzado, de la terminal, en lo más mínimo por
la pelotita de flipper que le rebota en el cerebro y parece
saltar hasta ocupar toda su mente. Cadáver, siempre que sea la correcta
a la pregunta no le importa la respuesta.
Confuncio sostiene, está sosteniendo o sostenía
un papelito
entre los dedos
desconectados del resto de su sistema nervioso
pero que reconoce suyos a pesar de no tener tacto,
y camina leyendo en la primera luz
el horóscopo que viene con el chicle bazooka:
tendrás muchos amigos y formarás con todos ellos
una banda de rock o una frase parecida,
una oración que no logra en lo más mínimo
o del todo hacer entrar en su mente; el Pibe Bazooka
es un servis y tiene un operador de la bolsa a sueldo
que le escribe los chistes y sale con la Roxana Porchelana
en el panel de video, la ratoncita divina del Dr Jekyl,
que toda quietita y cremosa
incendió Palermo Chico horrorizada en bikini
en una gran congestión.

Eu, Confuncio,
a vos te hablan
……………
……………………………………………….
………………………….La morguera estacionada
entre dos camionetas del correo.
Olor a combustible cortado,
el encargado de la playa que guía
las maniobras de un auto.
Más allá, las bases navales,
las vías para los trenes de carga.
Y oficiales chuecos pidiendo
documentación a bolivianos.
Ah, que el gancho de esa grúa en desuso
me cace del paladar para poder
sobrevolar la escena.
De izquierda a derecha
dominante en el bajo cielo
gris gris gris analgésico.

Martín GambarottaPunctum.

Y Mercedes Cebrián contesta desde  Mercado común:

II

Estoy lejos del pan: he optado
por quedarme sobre el suelo diáfano
del aeropuerto internacional, he venido a postrarme
ante la permanencia
de su iluminación. El término antesala
surgió aquí y aquí
se quedará.
Todo lo necesario está en este
lugar, aquí es donde aprendimos el lenguaje
de lo simultáneo, las acciones opuestas
al horneado de pan:
escoger alimentos envasados en plástico,
abrirlos y comerlos mirando
las pantallas.
Todo son beneficios, han colgado una placa
conmemorativa de mi satisfacción e insisto
en lo del suelo: dos o más terminales
con suelos sin obstáculos no hay cimientos posibles. Aquí
me quedo entonces, donde mi voz se proyecta
a lo lejos, donde sólo me piden
comprender unos códigos.

Dice el posfacio de María Salgado a cuento de la primera edición de Punctum:

“Punctum probaba un punto imposible de nombrar antes de Punctum, así que a la vez que mostraba los negros de las letras impresas, dirigía la mirada hacia los blancos de todos los presentes pasados y presentes futuros que faltaban en la enumeración cotidiana de la vida pública argentina. Era, en primer lugar, una discusión con y una inclusión de la generación anterior, la militancia de extrema izquierda peronista que había entregado su juventud a una lucha armada borrada del mapa para 1995. En segundo lugar, Punctum venía a entintar sobre el papel las formas invisibles del sistema de trueque neoliberal, ese que intercambia el tiempo de vida por un cada vez más escaso simulacro de dinero, horas, días, noches y sensaciones relevantes; ese que troca todo lo entregado por todo lo perdido a razón de 1/99; ese que a mitad de los noventa bien podría haber silbado entre los anuncios publicitarios el leit-motiv imprimido por Martín Gambarotta: “O no pasa nada o no se entiende lo que pasa”.

Como si fuésemos (dice Mercedes que pasa) 

[…]

Ahora que van muriendo
nuestros analfabetos y con ellos su olor
indestructible, nos parece que el aire
intenta explicar algo. El miedo se ha licuado
y es más fácil secarlo con un trapo. Los extranjeros
ni siquiera lo advierten: este museo sigue tan concurrido
como hace treinta años. Nosotros
―novedad―
ya no nos golpeamos con el aprendizaje,
con su gesto de atleta a punto de caer
sobre la pierna equivocada.
Todo este tiempo ha sido
de mera descripción y sin embargo,
dos trenes que partieran de Pontevedra y Burgos
en el mismo momento y a noventa
kilómetros por hora acababan cruzándose. ¿No es eso
extraordinario? ¿No nos asombra tanto
como nos asombraba la rendija
escondida tras el aburrimiento? Atravesarla era
como hablar con la luz, pero de tú a tú,
de pie, en una esquina. Allí es donde aprendimos
lo eficaz y lo oscuro. Si nos hacen ahora
encuestas por la calle podremos contestar,
sin miedo,
que dos veces al mes.

33

[…]

De noche, en la región alambrada de las ideas, qué bien.
De día, después de una época leguminosa, palabras irreversibles,
tu castellano punk, sangre en la orina
lo siguiente:
un animal cúbico con el perfil de Lenin,
fascículos de la historia del rock
y bajo la iluminación color arroz, blanca gris blanca
la escena ansiosa se desarrolla sin tiempo verbal:
o no pasa nada o no se entiende lo que pasa.

Y leer qué más y venir a Euraca en Matadero a las siete cero cero y ver qué pasa qué se entiende lo que pasa y qué onda Punk-tum.

El sonido, al igual que la carne, es necesario
saber de dónde viene. Oremos
por nuestros países, para que respiren
siempre hacia lo más
alto, para que lo que escupan
nunca parezca sangre.

mira, ese grupo de ancianos ha vivido de cerca
el desembarco

Anuncios