O povo é quem mais ordena /// Sobre cultura popular, emancipación e intelectuales

por seminarioeuraca

____ El 2/11/2015 Jaron Rowan publicó en El Diario “Operación: Politizar la Cultura popular” citando a Euraca en un texto en el que se afirma

 

[…] Es importante también prestar atención al crecimiento de las fallas alternativas y a los colectivos que desafían el modelo de organización piramidal con el que se han venido gestionando estas festividades heredero de 1939. Este movimiento no tan sólo pone en crisis el modelo organizativo sino también el imaginario fallero, y su vinculación con la iglesia católica. Con ello vemos un interesante caso de recuperación de un fenómeno popular, que fue secuestrado y resimbolizado por el franquismo. En Barcelona colectivos como  Compartir Dona Gustet también trabajan para la regeneración del imaginario de la cultura popular, politizando y vinculando a vecinos y vecinas en la producción de un nuevo imaginario de lo que pueden ser fiestas populares y reforzando su gestión comunitaria. Por su parte la Fundación Robo ha contribuido a la producción musical crítica capaz de desvincular la idea de música política de la canción protesta, explorando sonidos, formatos y modelos musicales que buscan poner en diálogo la música popular con la crítica y el posicionamiento político. Esto constituye tan sólo un puñado de ejemplos entre muchos otros como podrían ser La Universidad Popular de Verano-Campus de la Cebada, el trabajo en torno al lenguaje de las Euracas, o la impresionante deconstrucción del flamenco que hace Israel Galván.

En definitiva, ya tenemos pistas e indicios de lo que podría una segunda transición cultural. Una transición que no teme revisar y enfrentarse al franquismo ni a sus consecuencias pero que tampoco es tímida en explorar nuevos lenguajes ni identidades. No teme vincular lo crítico con lo popular. Que asume que para cambiar de ciclo hay que reinventar hegemonías pero que evita lo panfletario y lo partidista. En definitiva, vemos los inicios de una cultura popular experimental y política, que busca engancharse con su pasado pero no por ello, reniega de ayudarnos a pensar en el ahora. Esperemos que los nuevos partidos políticos estén a la altura y acepten el reto que supone esta cultura popular experimental y no caigan en el paternalismo, como ya pasó en la transición y el franquismo, y que sus políticas no sean para la cultura popular, sino que sean con la cultura popular.”

 

____ Iván de la Nuez respondió el 27/11/2015 en El Estado Mental: “La cultura popular envasada al vacío”:

 

En cuanto un intelectual se lanza a por la cultura popular, saltan las alarmas y conviene ponerse a resguardo. Da igual si lo hace desde la sublimación del mercado (porque está convencido de lo que el pueblo quiere) o desde la crítica a ese statu quo (persuadido en este caso de lo que el pueblo necesita). Por la derecha o por la izquierda, cualquier tentativa de normatividad de la cultura popular quedará siempre bajo sospecha. Aparte de depararle al “normador” el destino patético de quien entra en un campo minado… cargado de minas.

Hace días, un artículo de Jaron Rowan publicado en ElDiario.es entró en ese territorio explosivo y me hizo pensar en este asunto. (No sin antes escuchar las sirenas de alarma, no sin antes identificar refugio cercano). A Rowan no se le puede negar coraje a la hora de avanzar por ese terreno peligroso en el que resulta difícil prever cuándo te saltará la cultura popular, cuándo la cultura de masas, cuándo la cultura tradicional. (O todos esos detonantes combinados). Por no hablar del riesgo añadido de la demagogia, siempre latente cuando rozamos la representación: esa “indignidad de hablar por otros”, según Foucault; ese muro contra el que la vanguardia se estrellará una y otra vez, según Peter Burger.

En su texto, además, Rowan se perfila como uno de esos intelectuales que saben lo que el pueblo requiere. Y con esa certeza se abre paso, pertrechado con un arsenal, digámoslo así, a prueba de bombas: cultura popular puede ser “cualquier cosa”. En particular, la “construcción” de unos burócratas tan alejados del pueblo como conjurados para mantener incólume su sometimiento. Esta historia, con algún matiz, persiste en España, según el autor, desde el franquismo hasta la democracia, pasando por la transición. Ante ese panorama, ¿qué hacer? Rowan tiene a punto su respuesta para la famosa pregunta leninista: no queda otra que “politizar la cultura popular”. Ésta sería la próxima parada en la corta marcha hacia el cambio emprendida por la nueva izquierda y sus intelectuales orgánicos. Una estrategia encaminada a recuperar la cultura secuestrada del pueblo para devolvérsela, “empoderada” y sin los lastres del pasado…, al propio pueblo. […]

Rowan cita, con buen tino, a Pedro G. Romero. Y a mí se me ocurre que éste podría completar un triángulo ejemplar con Manuel Vázquez Montalbán y Santiago Auserón. Esto es: un escritor, un músico y un artista plástico que han operado en esas tres épocas que recorren el franquismo, la transición y la democracia. Tres intelectuales que se han sentido más atraídos por el refugio que por las barricadas, por la retaguardia que por la vanguardia, y han tenido la sabiduría de divisar la modernización que esas zonas populares pueden ser capaces de transmitirnos.

Vázquez Montalbán la encuentra en las coplas, el diseño, la cocina, las historias de bajos fondos. Auserón en el salto urbano que dibujan las raíces del son cubano o el ritmo perdido de África. Romero ha detectado incluso un hilo vanguardista en el flamenco o la tradición andaluza, justo allí donde otros sólo han percibido manipulación autoritaria o una especie de estética de latifundio. Para los tres, el fútbol, el flamenco, la copla, la cocina o la huella sonora de África son, sin más, vehículos para otra modernidad y otro tipo de vanguardia. Y si llegan a esta conclusión es porque comparten esta clave fundamental: no es que ellos sepan lo que el pueblo necesita, sino que necesitan lo que el pueblo sabe.

 

____ Aquí copiamos un fragmento de un mail a la lista del seminario escrito por uno de sus miembros, R, a propósito del caso:

​”No es por confrontar con quien ha querido hacerse cargo de lo que el Seminario Euraca podría proponer para el hoy de la poesía, desde la poesía y en relación a la cultura popular, pero ​u​n titular así “Operación: Politizar la Cultura popular”, ya es una posición bastante problemática respecto de la idea (y la práctica) de la cultura popular ¿no?​, si es que alcanzamos a entenderla como algo liberado de cualquier impulso emancipador que no venga de sí misma​.​ Hay algo inquietante cuando el ruido de la cultura de las ciudades se presenta como salvación del alma política de los pueblos. Una idea parecida que el mismo autor maneja cuando por ejemplo se pregunta si es que no están los activistas de la cultura libre detrás de lo que pasa en política, o cuando se reconoce a los municipalismos como las “hijas listas del 15M“. Me parece que una narrativa se impone: el intelectual determina la materialidad de lo real, la política del pueblo, disimulando lo más corrosivo del gesto del pueblo mismo (no sé, pienso en la tauromaquia, la tele, su querencia por el lujo, como bien recoge de la Nuez. La crítica al anquilosamiento antifranquista y a la banalización de lo popular dificulta reconocer la trampa de ese tipo de discursos… pero ahí está, ‘operando’, como se declara al comienzo. Si bien los intelectuales forman parte del pueblo, resulta muy torpe cómo se atribuyen o nos atribuimos la misión (o el mérito) de emancipar a los demás. Siempre habrá algún experto, una vanguardia, unos líderes y unos jefes. Jamás reconoceremos que la gente de la cultura y el arte no fuimos la clave de ninguna ruptura política. Rancière lo dejó dicho muy claramente: en realidad habría que emancipar a los artistas e intelectuales de la idea de que han de emancipar o politizar a los demás.

Yo creo que en Euraca no se ha funcionado ni hemos funcionado por esta especie de señoreo que se ajusta muy bien a la idea leninista que señala Iván de la Nuez, en su fina y elegante crítica al texto de Jaron, cuyas reflexiones son amplias y diversas y muchas veces emocionantes. Pero ocurre que esa posición está bastante extendida como alguna gente pudimos ver en los debates del los grupos de cultura de ganemos y ahora Madrid, o bueno, en general en la vida. Siempre hay gente muy comprometida, que se perciba a sí misma como viviendo una vida buena y política que se da a sí misma la misión de liberar y empoderar a los demás.

A alguna de la gente ‘fotografiada’ en el texto de Jaron yo les recuerdo este año en Híspalis quejándose de la falta de apoyo a sus proyectos (que abandonaban quizá por otros nuevos) por parte de los políticos a los que jaleados por el público que decía igual llamaron “incultos y paletos”, dejando al descubierto las ansias de una modernidad que alcanzan por la base de una cultura a la que apenas permiten reconocerse por sí misma y a la que se supone un significado que ésta discute muchas veces. Y no es precisamente el de que ésta pueda convertirse en un momento dado, en la más moderna. El Niñx de Elx nos emociona pero me pregunto si El Cabrero alcanza a adquirir la misma agencia política según este discurso.

El desprecio recurrente que se puede aplicar a la cultura popular consiste en situarla en un lugar en el que tengan que venir los artistas o intelectuales a politizarla. Ya tenemos por fin una “segunda transición” y hegemonías por conquistar en nombre de la emancipación del pueblo al que ni siquiera vamos a conceder la posibilidad de representarse o reconocerse si no es por la voz del intelectual que discrimina su expresión y que pretende explicarle el uso de su propia ‘lengua’. Ticio Escobar pone mucho empeño en señalar esta especie de disimulo que menoscaba al pueblo en cuanto unos  se otorgan a sí mismos la tarea de politizarlo. Estos intelectuales fundan una especie de arte de sesgo político, revolucionario, experimental, unas prácticas ‘útiles’ destinadas a transformar la sociedad y su cultura. Se obvia el hecho de que este arte político no se ha liberado de su condición de mercancía, dentro de un mercado y una industria cultural más diversificado y amplio. Dice Ticio: “A ciertas minorías cultas no les basta con hablar en nombre del pueblo; también quieren crear en su nombre: consideran que los sectores populares no sólo son incapaces de desarrollar sus propios proyectos históricos, sino ineptos para imaginarlos. Pero si aceptamos el supuesto de que lo cultural es propio de una comunidad que elabora su propia experiencia, entonces la única salida que tiene un grupo que no pertenece a un sector el pueblo y quiere hacer arte popular es usurpar las experiencias ajenas”.

Fue éste también el debate que surgió en las Misiones Pedagógicas. Comparto algunos extractos con vosotros sobre aquella experiencia de contacto entre la creación contemporánea y lo popular: 

“Lo que se pretende es que el campesino, sin desligarse de la tradición, halle el modo de dar un sentido moderno asu existencia en el lugar apartado. […] Ha de partirse del momento actual y ayudar a que despierten, desenvuelvan y perfeccionen, siguiendo la propia línea de actuación los gérmenes y energías raciales que en otro tiempo produjeron las bellas y simples manifestaciones de arte popular que hoy admiramos, y que, dentro de un ambiente favorable, puedan cuajar un día en un estado de cultura, interesante, original y plena.” Sois nuestro pasado, nuestra inspiración —parecía decir con esto—, aprended a ser nuestro futuro. En las aldeas las gentes eran sensibles a estos mensajes. «La poesía les produce un extraño respeto, traducido en el silencio más hondo de la sesión; la sienten en totalidad, sin análisis, y la aplauden con calor, raramente la comentan. La música, aun la que para ellos es desconocida, les despierta ecos, la acompañan con movimientos de cabeza, se unen inmediatamente a ella. El cine les divierte y les deslumbra, desata el chorro de los comentarios; todos hablan y todos imponen silencio a los demás. De la poesía prefieren la lírica a la narrativa, y de los romances los de sabor villanesco a los heroicos y maravillosos. De la música prefieren la voz humana a la instrumental. Del cine les interesa más lo conocido que lo exótico; les deslumbra la aparición de una gran ciudad, pero si en una ventana de la gran ciudad aparece un gato, les alegra la aparición del gato. Y sobre todo el cine fantasista de dibujos, que nunca comprenden bien la primera vez» (Misión a Valdepeñas de la Sierra, Guadalajara, febrero 1932)

“Este remedo de escuela de juglares, formada por jóvenes en diferentes etapas de formación, no podía llegar a todos los pueblos, no podía permanecer en ellos, no dejaba a su partida un saldo de conversos o de afiliados que pudiera contabilizarse. Era una frivolidad que algunas ancianas a las que nadie había oído cantar en cuarenta años, animadas por la música de los gramófonos, sacaran los almireces y recordaran las canciones de su infancia. También lo era que una mujer de una aldea, que nunca había tenido un libro, no se acostase hasta terminar la novelita que llevó su marido. O que un montón de niños, absortos ante una pantalla cinematográfica, se acercaran a ella intentando tocar a unos animales que se les transparentaban en la piel. O que los hombres, tras una dura jornada de trabajo en el mar o en el campo, participaran en una sesión de títeres de cachiporra, disfrutaran del teatro, se admiraran de unos cuadros que parecían personas vivas pegadas al lienzo. «Nos acostamos felices —dirá un misionero —. Es muy posible que esta noche ellos sueñen con las playas del sur y nosotros con sus humildes chozas de barro y pizarra». Éste era el modesto saldo de las misiones: la posibilidad de soñar con el mundo del otro.”

“Fui a ver al maestro y fuimos los dos a ver al médico, que se ofreció para hacer todo lo que le mandáramos. Fuimos los tres a ver al cura. “Si no estorbo —nos dijo—; porque ya sabe usted que ahora…” El cura fue a la mayor parte de las sesiones, nos oyó interpretar el laicismo de la República y cuando terminó la Misión se quedaba leyendo “El Emilio”, de la biblioteca de las Misiones. Visité a los concejales, uno por uno, en los barrios, y les expliqué mi viaje al amor de la lumbre. Y he aquí una buena lección para los que niegan inteligencia a los campesinos. Lo que yo les pedía era que citaran a la gente a la primera sesión, y me dijo uno de los concejales: “No, mire, primero reuniré a los vecinos y les diré de lo que se trata, porque vienen ahora algunos por aquí para formar sociedades y no se vayan a creer que es una cosa de esas.” Este y otros muchos casos nos lleva a la afirmación de que las Misiones son tan útiles para los que las dan como para los que las reciben. No es poco que los misioneros traigan a Madrid el descubrimiento de la inteligencia de los aldeanos. Pero es que descubren otras muchas cosas que se pueden resumir en el ver el campo como es, si es que tienen vista. Y esto es cosa que puede influir no poco en todas las direcciones. Aun hoy que ya se conoce mucho mejor, son tantos los descubrimientos a hacer en el campo que para la masa ciudadana resulta todavía una revelación. Un grupo de mozos quiso corresponder a los visitantes cantándoles una ronda.

«Constituyó para nosotros uno de los espectáculos más extraños que jamás hemos contemplado: llevaban como instrumentos un triángulo, que golpeaban monótonamente para acompañar la canción —si así podemos llamar a una especie de aire de jota castellana muy tosca que canturreaban con voz ronca—, una balanza cuyo papel efectivo en la orquesta no pudimos comprobar, así como tampoco el de una cubierta de automóvil. Tañían también una vihuela primitiva y otro instrumento que no recordamos. Sin duda trataban de hacernos un homenaje, para lo cual iban aquellos hombres provistos de los elementos más raros y significativos del lugar. La cubierta de automóvil la usaban para fabricar abarcas. Así del automóvil como del cine, de la ciudad y de otras cosas tenía esta pobre gente una idea remota, que correspondía a los despojos de la civilización que allí llegaban[…] 


A propósito de los intelectuales y la gente de la cultura y el 15M me gustaría terminar con un párrafo de un texto anónimo:

“Los intelectuales del 15M no habrían sido entonces todos aquellos que aguardaron en el confortable nido de lechuza para reaparecer a posteriori y escribir textos eruditos o esclarecedores sobre lo que (no) fuimos, sino todos aquellos que durante un tiempo determinado (tiempo menos infinito de lo que hubiésemos querido) prefirieron ser parte de una multitud que hasta cierto punto no fue masa, sino efectiva transformación del espacio colectivo en virtud de otros modos de hacer, estar, producir y compartir. Esos habrían sido los auténticos intelectuales: sujetos politizados ‘perdidos’ en el cuerpo múltiple del movimiento y que no callaron durante aquellos meses, tampoco permanecieron estáticos, sino que bajaron a las plazas para compartir sus reflexiones colectivamente, en el espacio horizontal de las asambleas, allí donde también ellos aprendieron, y esto es lo fundamental, que las contradicciones de una sociedad injusta no se descubren solo desde una teoría sabia o académica, sino que surgen también por medio de un debate político corporeizado y que es, tantas veces revelado (con mayor lucidez si cabe) por aquellos ‘no ilustrados’ que padecen de manera directa la fuerza disolutiva del Poder/Capital, y que con dos palabras, una frase o tres coordenadas desmontan toda su falsedad. [ANÓNIMO, “Intelectuales. Cuerpo y (des)aparición en el 15M”]”


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